miércoles, 19 de junio de 2013

El muñeco de Cera




Es un cuento que facilitó Blanco (1968), el cual se refiere a una señora que tenía una siembra de patilla, y en la cosecha de las sandías, abrigaba sus mejores esperanzas con el fin de solucionar tantas necesidades que tenía. ¡Pero!. Grande fue su tristeza al darse cuenta que apenas las pastillas comenzaban a madurar, se desaparecían por arte de magia. Buscando aquí y allá descubrió las huellas de un animal pequeño. Pasaron muchos días, pero no logró sorprender a ningún ser viviente.
Cierta noche que la señora cabeceaba de sueño, un ruido la hizo ponerse alerta. Descubrió que muy carca de ella se movía algo raro. Sin darle tiempo, y no queriendo perder la oportunidad, saltó sobre aquello. El animalejo visitante magullado y sorprendido por la habilidad de la señora, lanzó un grito y quiso escapar, pero la dueña de la siembra lo atrapó. Saben quién era el animalillo? Era nada menos que Tío Conejo, que valiéndose de sus filosos dientes y de sus cortantes uñas, rompió la falda de su atrapadora y escapó a toda prisa.
La burla enardeció más a la dueña del conuco. Después de haber pensado como agarrar al ladronzuelo, recordó que había guardado una pelota de cera en un rincón de la cocina de su casa. Sin perder tiempo, la tomó e hizo un muñeco y lo coloco en la puerta del huero, por donde forzosamente tenía que pasar Tío Conejo para hacer de las suyas. Y así fue. Con el correr del tiempo, el mañoso raterillo quiso probar suerte otra vez  y se dirigió al patillar. Allí se encontró a un silencioso e inmóvil centinela que le impedía la entrada, entonces dirigiéndose al muñeco le dijo: “Deme paso amigo, si no quiere que le dé su merecido”. El vigilante no respondió. Tío Conejo al notar la sordera y tranquilidad del extraño personaje, lo empujo quedo pegado a él por una pata. Furioso le ordeno con energía: “Suélteme la mano o vera lo que le pasará”. El centinela no respondió, y el airado conejo lo empujó con las patas, orejas y cabeza hasta quedar completamente inmovilizado. En tal condición lo encontró la dueña del conuco, quien muy cariñosa le preguntó con cierta ironía: -Tío Conejo, ¿Las patillas de mi huerto estaban sabrosas?. A pesar de que la mujer insistía en la pregunta, no obtuvo respuesta alguna, porque el conejo tembloroso y lleno de miedo se hizo pasar por muerto, la señora fingiendo que creía el engaño de saltarín de los montes, lo introdujo en una cajita de madera para llevárselo a su casa sin el permiso de su dueño. La señora compasiva, resolvió dejar en libertad al animalito, quien desapareció con alegría sin límite a grandes saltos, y la buena mujer por fin pudo aprovechar sus cosechas de patillas.

Fuente: Columna Horizonte Cultural, Semanario NOTILLANOS- San fernando estado Apure del 04 al 10 de Noviembre 2005.      María A. Gómez de Pérez

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