miércoles, 27 de agosto de 2014

El día que me quieras.






El día que me quieras, tendrá más luz que Junio;
la noche que me quieras será de plenilunio,
con notas de Bethoven vibrando en cada rayo
sus inefables cosas,
y habrá juntas más rosas
que en todo el mes de Mayo.


Las fuentes cristalinas
irán por las laderas
saltando cristalinas
el día que me quieras.


El día que me quieras, los sotos escondidos
resonarán arpegios nunca jamás oídos.
Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras
que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras.


Cogidas de las manos, cual rubias hermanitas,
luciendo golas cándidas, irán las margaritas
por montes y praderas,
deleite de tus pasos, el día que me quieras...
y si deshojas una, te dirá su inocente
postrer pétalo blanco: ¡ Apasionadamente !


Al reventar el  alba del día que me quieras,
tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras,
y en el estanque, nido de gérmenes ignotos
florecerán las místicas corolas de los lotos.


El día que me quieras será cada celaje
ala maravillosa; cada arrebol, miraje
de “Las Mil y una Noches"; cada brisa un cantar,
cada árbol una lira, cada monte un altar.


El día que me quieras, para nosotros dos
cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.


Autor: Amado Nervo.


Twitter: @mariaauxig

lunes, 25 de agosto de 2014

Frases célebres.





...“ El problema educativo es tan importante, que 
requiere educadores dotados de inmenso amor,
paciencia y otros valores."...



San José de Calasanz.





Twitter: @mariaauxig

viernes, 22 de agosto de 2014

El viejo acordeón.




Todos los días
se puede escuchar
una música tenue
en cualquier lugar,
en un parque, en el metro
 tal vez en la calle
o en un concurrido
 Centro Comercial.
Es una música suave
de gran sentimiento
y poca emoción...
plena de recuerdos
y tocada con mucho dolor,
por un hombre
solitario y triste
que logra irradiar
notas de melancolía,
que salen del fondo
desde las entrañas
de una concertina
de un viejo acordeón...

     
Sus manos se mueven
con magia y encanto
Y expele añoranzas 
desde el corazón,
que llegan al alma
de los caminantes
que cada hora, minuto y segundo
por aquellas calles y aquellos lugares
ellos siempre suelen pasar
y donde día a día
se puede escuchar
una música que suena y resuena
sin querer parar.
 música que emite desde su interior
llena de nostagia
el viejo acordeón.



El hombre que toca
aquel instrumento,
es un bohemio... es un trovador
que lleva consigo
su vida y pasión,
y perfuma el aire
su música mustia y su sinsabor.
Mitiga sus penas
con un gran apego
a la desolación.
Y empaña cristales
y también vidrieras
donde se refleja algún resplandor
de aquel músico bueno
del gran soñador...
que toca y que toca
cada hora, minuto y segundo
que marca el reloj
con gran entusiasmo
y mucha pasión
a su noble amigo, su fiel compañero
 su viejo acordeón...


A cambio recibe
una.. otra... y otra... monedita
en compensación
al noble trabajo
que realiza a diario
como una oración
de fe, de esperanza y de devoción:
Tocar y tocar
con magia y fervor
el cajón tan triste
que lleva en sus notas
un sabor amargo
de resignación.
Y... cuando algún día
no se oye la música
por algún motivo 
sin explicación.
Creo que se extraña,
al hombre... a la música...
y también se extraña
 al viejo acordeón.

Autor: María Auxiliadora Gómez.


Twitter: @mariaauxig

sábado, 16 de agosto de 2014

El portón de los recuerdos


Hoy se abre El Portón de los recuerdos, el cielo se nubla sin cesar, los pajaritos comienzan su trinar, allá en el potrero la vaca al becerrito vuelve a amamantar, veo a un venadito que viene corriendo sin parar, las flores silvestres sirven para ornamentar una fría lápida que allá en el camposanto reposa en santa paz. Es un triste escenario donde puedo llorar, porque los viejos recuerdos me llevan a un lugar, y con gran cariño quisiera evocar a una persona querida, a una mujer ejemplar: su mirada era firme y profunda que a todos cobijaba con un amor sin par…Su voz era muy fuerte, también clara y precisa, como los sabios consejos que ella solía dar… Su generosidad y su bondad eran tan intensas como la sabana y su inmensidad…Poseía el don de mando innato del llanero al que todos debían con fervor ardiente obedecer…Su vida era un testimonio de entrega total… Sencilla como llanura… Regia como mastrantal… Noble como la laguna…Dulce como el panal. Esta mujer tenía un nombre de una Virgen singular, saben  quién me refiero, se los voy a confesar: “Doña Carmen” se llamaba ese ser tan especial que hoy se mezcla en mi recuerdo a pesar que ya no está. Ella tenía unos hijos…una familia…un hogar…Todo era tan bonito hasta aquel día fatal… Aquel dieciséis de Agosto todo llegó a su final… Dicen que ya había cumplido su misión en el campo terrenal, y que se fue obedeciendo a un llamado de Dios Padre Celestial, llevándose en su alma un equipaje especial, de cariños, de recuerdos, de esperanzas, de verdad…pero también muchos sueños todavía sin realizar. Ella dejó en nosotros bien forjados un ideal de luchar día tras día, hasta las metas lograr. ¡Oh querida “Doña Carmen”! siempre estarás con nosotros de manera espiritual. Hoy se cumplen cinco años de tu viaje sin final y desde éste Portón de recuerdos mágico cual tremedal, te ofrecemos éste coro con acento angelical…”Que repose tu alma en paz y que Dios por siempre te corone con su Gloria sin igual”.

Maria Auxiliadora Gomez

Twitter: @mariaauxig


martes, 5 de agosto de 2014

Vuelta a la patria


I

¡Tierra! grita en la prora el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa.
Poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Ya la vista columbra
las riberas bordadas de palmeras,
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me hablan de ternuras y de amores
de una dicha pasada
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice “¿no te acuerdas?”…
Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…
¡Luz! ¡Luz al fin! –los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡Oh inefable alegría!
son las riberas de la patria mía!.
Ya muerde el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío
¡a tierra! ¡a tierra! o la emoción me ahoga,
o se adueña de mí el desvarío!
Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves, y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero
el dulce son de mi nativo idioma.
¡Volad, volad veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra donde el alma tengo
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante;
decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin que mientras estuvo ausente
ni un día, ni un instante hela olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo alentado
que desde el fondo de mi ser le envío.
¡Boga, boga, remero; así… llegamos!
¡Oh emoción hasta ahora no sentida!
¡ya piso el santo suelo en que probamos
El almíbar primero de la vida!
Tras ese monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde al arrullo
del maternal amor rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.
¡En marcha, en marcha, postillón, agita
el látigo inclemente!
y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
no escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida,
Todo me habla de sueños y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes,
me susurra al oído
con misterioso acento: “Bienvenido”.
Allá van los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego ansiosos, al hogar volvieron.
Son los mismos que un día,
siendo niño admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.
Bien os recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.
De los frescos y límpidos raudales
el murmurio apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodiosos trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blando
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.
Y rueda el coche, y detrás del las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío…
De pronto, al descender de una hondonada,
“¡Caracas, allí está!” dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
Caracas, allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos.
Caracas, allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.
Hay fiesta en el espacio y la campiña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos en las flores
a los dorados pistilos se abrazan;
besa el aura amorosa al manso Guaire,
y con los rayos de la luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.
¡Apura, apura, postillón, Agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón… ¡mas, no –detente!
¡Oh infinita aflicción! ¡Oh desdichado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar!... Para, cochero,
tomemos cada cual nuestro camino;
tú, al techo lisonjero
do te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro y alegría,
y yo … yo al cementerio
donde tengo la mía.
¡Oh insondable misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, esa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
------------------------
II
Madre, aquí estoy; de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo
la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.
Madre, aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh suerte inhumana!
Hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.
Bien recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de Marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.
Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que con alma de madre contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.
Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mi postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.
¡Quién entonces pensara
que aquella voz angelical en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
“Tengo un presentimiento que me dice
que no he de verte más bajo este techo”.
Con supremo esfuerzo desliguéme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento…
¡Oh terrible momento!
Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí de pajarillo
que en la jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.
Desató el sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto,
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.
Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo azul y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.
Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.
¡Ay del mortal que ciego
confía su ventura a la esperanza!...
La ley universal cumplióse luego,
y vi en el alma presta,
la mía disiparse
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.
Bien recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado
era de Marzo otra mañana fría
y los cielos cerraban otro nublado.
Triste, enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma,
lo que sentí decirlo no sabría…
sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.
Después al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes;
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho, madre. He adquirido
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de is primeros años.
¡Feliz quien como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida,
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!.
¡Feliz quien como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido,
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo
risueño, el gladiador sobre su escudo!.
Esa, madre, es tu gloria
y la alta recompensa de tu historia,
que el premio solo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.
Madre, voy a partir: más parto en clama
y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida;
tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.
Y fuera el paso muevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol cerúleo espacio…
Ya lejos de los tumultos me encuentro,
ya me retiro solitario y triste;
mas ¡ay! ¿a dónde voy? si ya no existe
de hogar y madre el venturoso centro? …
¿a dónde ---¡a la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo,
hasta caer en su mortal regazo




Autor: JUAN ANTONIO PÉREZ BONALDE

Twitter: @mariaauxig