martes, 30 de junio de 2015

El callejón del beso


Una noche invernal, de las más bellas
con que engalana enero sus rigores
y en que asoman la luna y las estrellas
calmando penas e inspirando amores;
noche en que están galanes y doncellas
olvidados de amargos sinsabores,
al casto fuego de pasión secreta
parodiando a Romeo y a Julieta.
En una de esas noches sosegadas,
en que ni el viento a susurrar se atreve,
ni al cruzar por las tristes enramadas
las mustias hojas de los fresnos mueve
en que se ven las cimas argentadas
que natura vistió de eterna nieve,
y en la distancia se dibujan vagos
copiando el cielo azul los quietos lagos;
llegó al pie de una angosta celosía,
embozado y discreto un caballero,
cuya mirada hipócrita escondía
con la anchurosa falda del sombrero.
Señal de previsión o de hidalguía
dejaba ver la punta de su acero
y en pie quedó junto a vetusta puerta,
como quien va a una cita y está alerta.
En gran silencio la ciudad dormida,
tan sólo turba su quietud serena,
del Santo Oficio como voz temida
débil campana que distante suena,
o de amor juvenil nota perdida
alguna apasionada cantilena
o el rumor que entre pálidos reflejos
suelen alzar las rondas a lo lejos.
De pronto, aquel galán desconocido
levanta el rostro en actitud violenta
y cual del alto cielo desprendido
un ángel a su vista se presenta
-¡Oh Manrique! ¿Eres tú? ¡Tarde has venido!
-¿Tarde dices, Leonor? Las horas cuenta.
Y el tiempo que contesta a tal reproche
daba el reloj las doce de la noche.
Y dijo la doncella: – “Debo hablarte
con todo el corazón; yo necesito
la causa de mis celos explicarte.
Mi amor, lo sabes bien, es infinito,
tal vez ni muerta dejaré de amarte
pero este amor lo juzgan un delito
porque no lo unirán sagrados lazos,
puesto que vives en ajenos brazos.
“Mi padre, ayer, mirándome enfadada
me preguntó, con duda, si era cierto
que me llegaste a hablar enamorado,
y al ver mi confusión, él tan experto,
sin preguntarme más, agregó airado:
prefiero verlo por mi mano muerto
a dejar que con torpe alevosía
mancille el limpio honor de la hija mía.
“Y alguien que estaba allí dijo imprudente:
¡Ah! yo a Manrique conocí en Sevilla,
es guapo, decidor, inteligente,
donde quiera que está resalta y brilla,
mas conozco también a una inocente
mujer de alta familia de Castilla,
en cuyo hogar, cual áspid, se introdujo
y la mintió pasión y la sedujo.
Entonces yo celosa y consternada
le pregunté con rabia y amargura,
sintiendo en mi cerebro desbordada
la fiebre del dolor y la locura:
-¿Esa inocente víctima inmolada
hoy llora en el olvido su ternura?
Y el delator me respondió con saña:
-¡No! La trajo Manrique a Nueva España.
“Si es la mujer por condición curiosa
y en inquirir concentra sus anhelos,
es más cuando ofendida y rencorosa
siente en su pecho el dardo de los celos
y yo, sin contenerme, loca, ansiosa,
sin demandar alivios ni consuelos,
le pregunté por víctima tan bella
y en calma respondió: -Vive con ella.
“Después de tal respuesta que ha dejado
dudando entre lo efímero y lo cierto
a un corazón que siempre te ha adorado
y sólo para ti late despierto,
tal como deja un filtro envenenado
al que lo apura, sin color y yerto:
no te sorprenda que a tu cita acuda
para que tú me aclares esta duda”.
Pasó un gran rato de silencio y luego
Manrique dijo con la voz serena
-”Desde que yo te vi te adoro ciego
por ti tengo de amor el alma llena;
no sé si esta pasión ni si este fuego
me ennoblece, me salva o me condena,
pero escucha, Leonor idolatrada,
a nadie temo ni me importa nada.
“Muy joven era yo y en cierto día
libre de desengaños y dolores,
llegué de capitán a Andalucía,
la tierra de la gracia y los amores.
Ni la maldad ni el mundo conocía,
vagaba como tantos soñadores
que en pos de algún amor dulce y profundo
ven como eterno carnaval el mundo.
“Encontré a una mujer joven y pura,
y no sé qué la dije de improviso,
la aseguré quererla con ternura
y no puedo negártelo: me quiso.
Bien pronto, tomó creces la aventura;
soñé tener con ella un paraíso
porque ya en mis abuelos era fama:
antes Dios, luego el Rey, después mi dama.
“Y la llevé conmigo; fue su anhelo
seguirme y fue mi voluntad entera;
surgió un rival y le maté en un duelo,
y después de tal lance, aunque quisiera
pintar no puedo el ansia y el desvelo
que de aquella Sevilla, dentro y fuera,
me dio el amor como tenaz castigo
del rapto que me pesa y que maldigo.
“A noticias llegó del Soberano
esta amorosa y juvenil hazaña
y por salvarme me tendió su mano,
y para hacerme diestro en la campaña
me mandó con un jefe veterano
a esta bella región de Nueva España…
¿Abandonaba a la mujer aquella?
soy hidalgo, Leonor, ¡vine con ella!
“Te conocí y te amé, nada te importe
la causa del amor que me devora;
la brújula, mi bien, siempre va al norte;
la alondra siempre cantará a la aurora.
¿No me amas ya? pues deja que soporte
a solas mi dolor hora tras hora;
no demando tu amor como un tesoro,
¡bástame con saber que yo te adoro!
“No adoro a esa mujer; jamás acudo
a mentirle pasión, pero tú piensa
que soy su amparo, su constante escudo,
de tanto sacrificio en recompensa.
Tú, azucena gentil, yo cardo rudo,
si ofrecerte mi mano es una ofensa
nada exijo de ti, nada reclamo,
me puedes despreciar, pero te amo”.
Después de tal relato, que en franqueza
ninguno le excedió, calló el amante,
inclinó tristemente la cabeza;
cerró los ojos mudo y anhelante
ira, celos, dolor, miedo y tristeza
hiriendo a la doncella en tal instante
parecían decirle con voz ruda:
la verdad es más negra que la duda.
Quiere alejarse y su medrosa planta
de aquel sitio querido no se mueve,
quiere encontrar disculpa, más le espanta
de su adorado la conducta aleve;
quiere hablar y se anuda su garganta,
y helada en interior como la nieve
mira con rabia a quien rendida adora
y calla, gime, se estremece y llora.
¡Es el humano corazón un cielo!
Cuando el sol de la dicha lo ilumina
parece azul y vaporoso velo
que en todo cuanto flota nos fascina:
si lo ennegrece con su sombra el duelo,
noche eterna el que sufre lo imagina,
y si en nubes lo envuelve el desencanto
ruge la tempestad y llueve el llanto.
¡Ah! cuán triste es mirar marchita y rota
la flor de la esperanza y la ventura,
cuando sobre sus restos solo flota
el negro manto de la noche obscura;
cuando vierte en el alma gota a gota
su ponzoñosa esencia la amargura
y que ya para siempre en nuestra vida
la primera ilusión está perdido.
Leonor oyendo la vulgar historia
del hombre que encontrara en su camino,
miró eclipsarse la brillante gloria
de su primer amor, casto y divino;
su más dulce esperanza fue ilusoria,
culpaba, no a Manrique, a su destino
y al fin le dijo a su galán callado:
-”Bien; después de lo dicho, ¿qué has pensado?
“Tanta pasión por ti mi pecho encierra
que el dolor que me causas lo bendigo;
voy a vivir sin alma y no me aterra,
pues mi culpa merece tal castigo.
Como a nadie amaré sobre la tierra
llorando y de rodillas te lo digo,
haz en mi nombre a esa mujer dichosa,
porque yo quiero ser de Dios esposa.
Calló la dama y el galán, temblando,
dijo con tenue y apagado acento:
-”Haré lo que me pidas; te estoy dando
pruebas de mi lealtad, y ya presiento
que lo mismo que yo te siga amando
me amarás tú también en el Convento;
y si es verdad, Leonor, que me has querido
dame una última prueba que te pido.
“No tu limpia pureza escandalices
con este testimonio de ternura
no hay errores, ni culpas, ni deslice
entre un hombre de honor y un alma pura;
si vamos a ser ambos infelices
y si eterna ha de ser nuestra amargura,
que mi postrer adiós que tu alma invoca
lo selles con un beso de mi boca”.
Con rabia, ciega, airada y ofendida,
-”No me hables más, -repuso la doncella-
sólo pretendes verme envilecida
y mancillarme tanto como a aquélla.
Te adoro con el alma y con la vida
y maldigo este amor, pese a mi estrella,
si hidalgo no eres ya ni caballero
ni debo amarte, ni escucharte quiero”.
Manrique, entonces la cabeza inclina,
siente que se estremece aquel recinto,
y sacando una daga florentina,
que llevaba escondida bajo el cinto
como un tributo a la beldad divina
que amó con un amor jamás extinto,
altivo, fiero y de dolor deshecho
diciendo : -”Adiós, Leonor”, la hundió en su pecho.
La dama, al contemplar el cuerpo inerte
en el dintel de su mansión caído,
maldiciendo lo negro de la suerte,
pretende dar el beso apetecido.
Llora, solloza, grita ante la muerte
del hombre por su pecho tan querido,
y antes de que bajara hasta la puerta
la gente amedrentada se despierta.
Leonor, a todos sollozando invoca
y les pide la lleven al convento
junto a Manrique, en cuya helada boca
un beso puede renovar su aliento.
Todos claman oyéndola: “¡Está loca!”
y ella, fija en un solo pensamiento
convulsa, inquieta, lívida y turbada
cae, al ver a su padre, desmayada.

Y no cuentan las crónicas añejas
de aquesta triste y amorosa hazaña,
si halló asilo Leonor tras de las rejas
de algún convento de la Nueva España.
Tan fútil como todas las consejas,
si ésta que narro a mi le lector extraña,
sepa que a la mansión de tal suceso,
llama la gente: “El Callejón del Beso”.

Autor: Juan de Dios Peza.


Twitter: @mariaauxig



domingo, 28 de junio de 2015

Frases para reflexionar.




... La vida es una obra de teatro, en la cual cada persona es
protagonista de sus vicisitudes, de sus adversidades y de sus
altibajos, así como también de sus éxitos, logros y triunfos,
enmarcados dentro del contexto de la Fe, el Empeño,
el Tesón, la Tenacidad y el deseo inmenso de ser cada día mejor...


María Auxiliadora Gómez.


Twitter: @mariaauxig

miércoles, 24 de junio de 2015

Frases célebres.





... “ El Universo es el sueño de sí mismo. " ...



Fernando Pessoa.




Twitter: @mariaauxig

jueves, 11 de junio de 2015

Frases célebres.




... “ No creas lo que tus ojos te dicen. Sólo muestran las
limitaciones. Mira con tu entendimiento, descubre lo que
ya sabes y hallarás la manera de volar. "...


Richard Bach.



Twitter: @mariaauxig

miércoles, 3 de junio de 2015

El Cristo del pescador


Consiste en una leyenda que aportó al Folklore literario-popular, Leal (1948), la cual se remonta al Estado Zulia, específicamente a los Puertos de Altagracia,  donde vivía pobremente un pescador, quien siempre le achacaba su mala suerte y la miseria en que se encontraba al Justo Juez, mientras que su mujer resignada a la pobreza, rezaba todos los días con vehemencia para que su esposo lograra mejor vida y dejara aquellos pensamientos que lo enloquecían.
            Sucedió que una noche, no obstante el mal tiempo y llevado por la necesidad, el hombre salió a pescar, cuando se encontraba alejado de la costa fue sorprendido por una tormenta que destrozó totalmente la vela y el bote, continuó sin rumbo hasta llegar a la orilla de una isla solitaria. Los días pasaban y se desconocía el destino de aquel hombre. El pescador a su vez, veía que el alimento que llevaba en el bolso se agotaba y sin encontrar otra salida, ante el temor de perecer se vio en la obligación de salir a buscar un pedazo de lona para reparar el velamen destruido del barco y así regresar al anhelado hogar. Caminó...caminó...sin encontrar lo que deseaba, desalentado y convencido de su fracaso, desfallecido por el cansancio y la sed, recordó los consejos de su mujer respecto a enmendar sus errores y creer en la bondad de Dios.
            Entonces se arrodilló en la tierra e imploró  al ser Supremo que lo ayudara a salir de aquella desventura y a la vez le prometía que nunca más renegaría de él. Luego siguió andando, no había caminado mucho, cuando divisó una choza y sobre el techo de la misma un pedazo de lona, parecía como si alguien la había colocado allí a secar. Aligeró el paso...se acercó hasta la puerta y al ver que no había nadie, recogió la lona y retornó al sitio de origen. Cuando la extendió en el suelo y se disponía a cortarla para reparar el barco, se dio cuenta de que en la lona estaba estampada la figura de un Cristo. Admirado ante la imagen, se abstuvo de rasgar el lienzo, lo dobló cuidadosamente, lo guardó y emprendió la marcha de regreso ayudado con los remos, pero grande fue su sorpresa cuando observó que el barco avanzaba suavemente como si lo empujaran manos invisibles, hacia los Puertos de Altagracia. El bote llegó a su destino y la mujer del pescador lo notó muy pálido, callado y sumiso y al instante le preguntó – Felipe ¿qué tenéis vos? ¿te sentís mal acaso?. El hombre sin decir nada se arrojó  a sus brazos, y lloró en silencio y luego exclamó -¡María!... ¡He visto a Dios! ¡por fin he visto a Dios!               
            La mujer sorprendida  y confusa le interrogó de nuevo ¿Cómo que vos habéis visto a Dios?. Si mujer  lo he visto y aquí está su imagen estampada en esta lona que encontré en la isla solitaria donde fui a parar por culpa de la tormenta y colocó la lona a la vista de la mujer y juntos se postraron ante la imagen y oraron fervientemente y desde ese momento el pescador cambió de suerte y se convirtió en creyente.

            Es importante señalar que la imagen encontrada por aquel humilde pescador, según diferentes versiones se encuentra en el Asilo de mendigos de la capital zuliana y por tal motivo se conoce en nombre de “El Cristo del Pescador”.  



Twitter: @mariaauxig